Discurso del Presidente del Congreso de los Diputados en el acto institucional del 24 de septiembre de 2009
Señor alcalde de la Muy Leal y Constitucional ciudad de San Fernando; señora directora General que representáis a la vicepresidenta primera del Gobierno, autoridades, parlamentarios, senadores, amigas y amigos. Es obligado, y lo hago con gusto, dar las gracias al señor alcalde y al Ayuntamiento que tuvo la cortesía de invitarme para que estuviese en la tarde del 24 de Septiembre de 2009 en San Fernando.
Para mí es un honor especial estar aquí como presidente del Congreso y, a título personal, como diputado por la provincia de Toledo.
Tal día como hoy, hace 199 años, se instalaron en este mismo lugar las Cortes que iniciaban el régimen liberal español y constituyeron un hito político en la historia de España, hito del que hoy somos directamente herederos.
En estos años hemos conmemorado el Bicentenario de la Guerra de la Independencia, en 2008. Celebraremos el de las Cortes de la Isla de León el año próximo. Y pronto vamos a conmemorar asimismo los doscientos años de la Constitución de Cádiz de 1812. Efemérides semejantes no son sólo ocasiones para la nostalgia o para el recuerdo.
Lo que recordamos y celebramos en estos días es, ni más ni menos, que el nacimiento, desde el punto de vista político, de una de las naciones más importante del planeta, de una de las naciones sin la cual el mundo estaría notablemente incompleto.
Yo comprendo que cualquier nacional de cualquier país sienta orgullo de su patria pero hay orígenes muy diferentes al nuestro y hay motivos de orgullo que tienen más que ver más con el sentimiento que con la razón.
En el caso de España, podemos sentir orgullo por hechos objetivos sin los cuales la historia del mundo no sería la misma. ¿O acaso se pueden imaginar un mundo, un planeta, sin cuatrocientos millones de seres humanos que hablen el idioma de Cervantes? ¿Se imaginan un mundo sin Velázquez? ¿Se imaginan un mundo sin Joan Miró? El mundo estaría notablemente incompleto sin España y guste o no guste escucharlo -yo sé que aquí sí gusta-, la verdad conviene siempre recordarla. Y conviene que se sepa que otras naciones fueron fruto de una guerra entre sus propios ciudadanos y que la nuestra nació de un modo hermoso.
Aquí, hoy podemos sentirnos orgullosos de conmemorar la hermosura del grito que profirieron los diputados cuando venían hacia acá, en la calle, y que pronunciaban también los ciudadanos de San Fernando, y los que aquí estaban, -había más de ochenta mil ciudadanos en aquellos momentos, muchos de ellos, claro es, refugiados-, y todos ellos gritaban: ¡Viva España! y ¡Viva la Nación!; como contrapunto frente a los que decían ¡Vivan las cadenas! y aquellos que gritaban -en verdad que en este caso de modo contradictorio- y reclamaban la vuelta del peor rey que ha tenido España. Mientras su pueblo se batía por su retirada, él se solazaba en el sometimiento a quien nos había invadido.
Este hecho que fija el inicio de la libertad de los españoles frente al Antiguo Régimen, no sólo es un llamamiento a los nostálgicos. Pienso que es menester recordarlo, también, para el futuro, porque algunas cosas que no se repiten suficientemente pueden tender a olvidarse.
Por todo ello creo, señor Alcalde, que hace muy bien trabajando porque un año antes de la cifra redonda del bicentenario nos hayamos reunido, con más sosiego y tranquilidad institucional que la que el año que viene ha de rodear un acto, que ya paladeamos con satisfacción y con esperanza.
Pero es bueno recordar y es bueno revivir los buenos sentimientos. Es bueno que fechas como la de hoy nos hagan pensar que no perdemos del todo el tiempo, aunque para unos resulte más incómodo que para otros, al evocar el nombre de España, y evocarlo justamente en el lugar donde España comenzó a nacer como nación moderna.
No puedo ocultar que como presidente del Congreso de los Diputados me embarga esa emoción especial de la que les hablaba había en el recinto del Real Teatro de San Fernando [el 24 de septiembre de 1810]. Desde entonces hasta hoy se han celebrado 76 elecciones generales y han resultado electos 144 presidentes del Congreso: seis en la Isla de León, 31 en las Cortes -señora alcaldesa- instaladas en Cádiz. Y a mí me cabe el honor de ser el último, cronológicamente de esos 144, de esa lista que inauguró, habitualmente se dice que don Ramón Lázaro de Dou, aunque no es cierto, porque había tal confusión en este salón aquella tarde...
Es normal pensar que no resultara fácil ponerse de acuerdo para redactar la Constitución; más bien parece que debió ser bastante complejo. Por más que nosotros ahora queramos santificar las fechas, debió ser en realidad complejo.
El Diario de Sesiones refleja que un diputado hubo de levantarse y decir: “Que cualquier individuo de los presentes nos presida, para que acabe el conflicto”. Y así fue. Y le tocó hacerlo a don Benito Ramón de Hermida -por poco tiempo, dice el propio Diario- porque pronto se eligió al diputado por Cataluña don Ramón Lázaro Dou; que fue el primer presidente titular de las Cortes de la Isla. Y me satisface hoy representar esa continuidad histórica entre aquél diputado por Cataluña y este diputado por Toledo que ahora les habla.
El lema que habéis elegido para el Bicentenario es sugestivo: “Cuando España fue una Isla”. Me parece muy hermosa esa evocación, que puede darnos en qué pensar, en tantos sentidos y en tantas direcciones. Es verdad. En aquel año, la España libre era una isla, la de San Fernando; y una ciudad, la de Cádiz, sitiada por un ejército extranjero.
Aquí se refugiaron la Suprema Junta Central, el Consejo de Regencia y multitud de hombres y mujeres, que por cierto, vinieron hacia Cádiz y hacia San Fernando, a jurar la defensa de la nación y a pedir la vuelta del Rey. El mismo rey que les había hecho jurar por escrito, fidelidad, en contra de su voluntad. Y algunos lo llevaron tan en secreto, como por ejemplo, el cardenal Borbón, del que cuenta su más directo secretario que tuvo que firmar fidelidad a aquél (ni lo nombra) por miedo, por tener el cardenal carácter débil y quebradizo. Pero aún débil y quebradizo firmó lealtad al rey y vino hasta San Fernando.
Vino a San Fernando y fíjense, qué mal debió sentar al Rey que el débil y quebradizo cardenal, que además se apellidaba Borbón, no le fuese fiel y votase en contra del Tribunal de la Inquisición y votase a favor de las libertades que aquí se establecían, que cuando le tomó juramento a Fernando VII, éste -nos dice la crónica- le miró de muy mala manera. Pues quizá sea bueno que personas tan nefastas como Fernando VII miren malamente a otras que, aunque quebradizas, defendieron y supieron dirigir, en aquellos momentos tan complicados, una Junta tan compleja.
Todo este proceso fue obra de una sociedad muy rica: la isleña y la gaditana. Esto debe ser para vosotros, como decía hace un momento el señor Alcalde, un motivo de orgullo: sentirse hoy orgulloso de descender de quienes fueron fermento y levadura de libertad en toda España como fueron San Fernando y Cádiz. Si esto hubiera ocurrido en un país más dado a los fastos, a los recuerdos memorables y a la épica.., ¡faltarían calles en España para ponerles los nombres que ese fermento y esa levadura evocan! Por eso, me ha agradado mucho, cuando veníamos hacia acá, descubrir en la esquina el nombre de una calle que evoca lo que ahora estamos diciendo.
Aquí nació la España moderna. Un día como hoy, en aquel septiembre de 1810, 104 diputados se pudieron reunir, aunque con mucha dificultad. Y después de escuchar misa, en una especie de procesión cívica, vinieron hasta este Teatro de Comedias para iniciar una revolución ciudadana y de precedentes verdaderamente llamativos en la Historia de España y de Europa.
No eran momentos fáciles. Las tropas de Napoleón ocupaban todo el territorio nacional, excepto Cádiz. El Rey y la familia real estaban retenidos en Francia. España era gobernada por José Bonaparte. La Isla estaba asediada y pese a ello tanto la Real Villa de la Isla de León como la ciudad de Cádiz no eran lugares deprimidos. Hay noticias que nos permiten decir que eran lugares “bulliciosos” y llenos de vida. Con una población que llegó a superar los ochenta mil habitantes. Con una vida económica y cultural intensa que propició una gran riqueza mercantil, y que procedía, entre otras cosas, de tantos liberales venidos desde el resto de España hasta aquí, porque aquí encontraron refugio.
Al alcalde y a los concejales que tuvieron la cortesía de visitarme, les mostré en el Congreso de los Diputados ese cuadro tan especial de Casado del Alisal situado en el testero del hemiciclo y que representa, precisamente, el momento de la jura de los diputados antes de emprender la procesión cívica que les traería hasta aquí. Ese cuadro, como saben, tiene mucha historia. Durante la dictadura pasada se debió considerar muy peligroso por más que hubiera en él cardenales y obispos; entre ellos, el obispo de Orense. Para que los procuradores de la anterior dictadura no vieran esa imagen, durante todos aquellos años de las Cortes Orgánicas, se puso un tapiz tapando el cuadro de Casado del Alisal, no fuera a ser que tomaran mal ejemplo constitucional quienes lo veían a diario.
Pero también hay una curiosidad sobre el cuadro y son las críticas que suscitó en un momento determinado de nuestra historia. Quizá ahora se debata con menos fundamento pictórico, pero en otras épocas, el cuadro sirvió para encendidas discusiones acerca de la nutrida presencia de la Iglesia en aquél momento tan trascendental. Yo comprendo que haya personas en las que domine el espíritu laico o laicista, que hasta el propio papa, actualmente reinante, Benedicto XVI, nos dice que el sano laicismo debe ser aplaudido.
Pero en fin, dejando a un lado excursiones en este caso teológicas, simplemente les quiero decir, que una tarde como hoy, hace 199 años, rodeado de obispos, curas, canónigos y cardenales; un diputado, cuando se discutía el punto noveno del Decreto que se aprobaría en este teatro, un diputado -cuyo nombre no dice el Diario de Sesiones; hoy lo diría- levantó la mano, pidió la palabra, y dijo: “Ya que hemos votado la reposición de todas las autoridades civiles y militares en España, yo pido que se añada la reposición de las autoridades eclesiásticas”. La asamblea aquí reunida, los 104 diputados, votaron en contra. Y el presidente explicó entonces por qué no se podía reponer en el poder a las autoridades eclesiásticas.
Y en aquellas Cortes, en las que estaban presentes, entre otros, el cardenal Borbón y el obispo de Orense, se dijo: “porque las autoridades que este parlamento puede reponer son las que tienen su origen y su autoridad en el Pueblo y ése es -añade Lázaro Dou- el nuevo signo de esta Asamblea”.
Vemos por tanto cómo ya, dos siglos antes de nosotros, se había dicho que no hay más autoridad que la que procede del pueblo y que el rey no tiene más autoridad que la que le confiere la sociedad a la que sirve.
Permítanme que les diga que hubo aquí un cura, un canónigo que fue rector de la Universidad Salamanca, Diego Muñoz Torrero, que también debe ser evocado con respeto. Un hombre al que, por cierto, le pasó algo parecido a lo que sucedió al cardenal Borbón. Dice el secretario del cardenal: “Menos mal que este hombre murió antes de que viniese aquél [por Fernando VII]”. Pero Muñoz Torrero no tuvo esa suerte. Murió torturado en la fortaleza de Barra, en Portugal. Estuvo preso seis años, fue sometido a vejaciones por defender la libertad; un canónigo como él. No es malo que de vez en cuando se recuerde también esa otra parte de nuestra historia.
La fórmula con la que juraron resume muy bien aquél momento. Empieza con estas palabras: “¿Juráis la santa religión, católica, apostólica y romana sin admitir ninguna otra en estos reinos?” y todos contestaron: sí; todos dijeron que sí aunque un diputado -que fue jaleado y aplaudido- se levantó y dijo: “Tendríamos muchas reservas que hacer sobre el clero y sobre el rey, pero por bienes mayores hemos de pararnos ante el trono y ante el altar”. Y es que aquellos diputados no eran torpes; sabían bien que cuando hay mucha tribulación no se debe hacer mudanza en lo que pueda resultar más conflictivo, aunque no sea más que por una razón de economía nacional. Y a ellos no les convenía entonces entrar a discutir sobre las esencias que se concentraban en el cetro ni tampoco sobre las evocaciones del altar.
“¿Juráis conservar en su integridad la Nación Española y no omitir medio para liberarla de sus injustos opresores? ¿Juráis conservar a nuestro muy amado -aquí viene la confusión- soberano, el señor don Fernando, y todos sus dominios y en su defecto a sus legítimos sucesores y hacer los esfuerzos que resulten posibles para sacarlos del cautiverio? ¿Juráis desempeñar fiel y legalmente el encargo que la Nación ha puesto a vuestro cuidado, guardando las Leyes de España sin perjuicio de alterar, moderar o variar aquellas que exigiese el bien de la nación?”, continuaba el texto del juramento. Ya se curaban en salud por si acaso hubiera que modificar las leyes que conviniese. Y todos respondieron en pie, levantando su brazo derecho: “sí, juramos”.
La escena nos ayuda a entender que la Revolución en ciernes, aunque inspirada en parte en las ideas y principios que arrancaban de la Revolución Francesa, tuvo unos rasgos, distintos y muy peculiares. Puede que a algunos les cueste entender la mezcla de estos principios liberales entrelazados con las confesiones de fe a que he hecho referencia, pero no hacerlo significaría no comprender el momento histórico en que se produce aquel acontecimiento.
Y así nació la idea de España como Nación Soberana, como Nación Política, que tomó de Francia sí, las ideas, pero rechazó el imperio y la opresión que entonces se cernían en el entorno de esos lugares. Faltaban todavía casi dos años para aprobar la Constitución y se estableció el primer decreto, éste al que les he hecho mención y que defendía de manera tan espectacular el diputado Muñoz Torrero.
Era un momento solemne: eran ya conscientes de lo que estaba naciendo. Hay veces en que se producen alumbramientos en los que ni las comadronas ni las madres son conscientes de lo que están dando a luz. Aquellos diputados, hace 199 años en este lugar, sí eran conscientes de lo que estaban ayudando a nacer. Cuando se aprueba la Constitución que aquí nacía, el diputado por Asturias, Argüelles salió a la calle con el texto de la Constitución en la mano, y se dirigió al pueblo diciendo: “Españoles, ya tenéis patria”.
“Ya tenéis patria”, es una bella frase, un modo hermoso de identificar la patria y la nación con la libertad que representaba aquella Constitución. Pero lo cierto es que España, entonces, no era lo que hoy es. Se extendía por los territorios de América del Centro, del Sur y de Filipinas. Aquí estuvieron los diputados del otro hemisferio, y aquí aprendieron a defender las mismas ideas que meses después le sirvieron, aplicándolas literalmente, para proclamar su independencia.
Se pueden decir muchas cosas de la metrópoli, pero también se puede decir que aquí aprendieron y mucho. En cuanto regresaron a sus países respectivos, aplicaron lo que en San Fernando y en Cádiz habían aprendido: la libertad, la soberanía y la no dependencia de un poder distinto de aquél que emana del pueblo.
La nación española se estableció así, libre e independiente, y ya no hubo quien apagara la llama de ese espíritu de libertad e independencia fernandino y gaditano.
Los diputados de las primeras Cortes fueron fieles al espíritu de Montesquieu y así, en el primer decreto, lo dejaron claro y contundentemente dicho: aprobaban y abogaban por la división de los tres poderes: el ejecutivo, el legislativo y el judicial. Se dio así el gran giro político que significaba que la legitimidad no procedía ya de la monarquía sino de la soberanía popular, y este es un salto verdaderamente espectacular, en la Historia de España y en la de Europa.
Don Benito Pérez Galdós -quizá el mejor cronista que haya tenido España-, en su episodio titulado Cádiz -que supongo conocido por la mayoría de ustedes- relata con su habitual maestría y una gran plasticidad el momento en que Muñoz Torrero acaba el discurso del día, para aprobar el decreto el 24 de septiembre de hace 199 años; y dice así:
“El discurso no fue largo pero sí sentencioso elocuente y erudito. En un cuarto de hora Muñoz Torrero había lanzado a la faz de la Nación el programa del nuevo gobierno, y la esencia de las nuevas ideas. Cuando la última palabra expiró en sus labios y se sentó, recibiendo las felicitaciones y aplausos de las tribunas, el siglo decimoctavo había concluido. El reloj de la historia señaló con campanadas, no por todos oídas, su última hora y resultó ser España uno de los principales dobleces del tiempo”.
Después, el rey Fernando VII daría todo tipo de pretextos para no cumplir la Constitución. Y se proclamó de nuevo la prevalencia del monarca sobre la sociedad durante una buena parte del siglo XIX.
Fíjense qué desastre para este pueblo, que había nacido aquí de modo tan hermoso, que cuando acaba el reinado de Isabel II, en 1868, cincuenta años después, ¿saben cuántos españoles había en el territorio de la actual España?, diecisiete millones, ¿saben cuántos votaban? cien mil. Aún vino Cádiz para acabar con el voto del sufragio universal e imponer otra vez el voto censitario y hubo que esperar hasta la Constitución del 1869 para el voto de los mayores de 25 años, si bien conviene recordar que las mujeres tuvieron que esperar hasta 1931 para poder votar.
Hay lecciones a las que podríamos llamar, como hacen los militares, “las lecciones aprendidas”. Algunas lecciones aprendidas desde aquella tarde del 24 de septiembre de 1810 deberían ser las que están en la Constitución de 1978; por cierto, la única que no se hizo por unos españoles contra otros. Quizá por eso haya sido la de más larga duración de nuestra historia.
Y esa Constitución tiene un artículo, el número 30, que dice así: “Los españoles tienen el derecho y el deber de defender a España”. Esto dice la Constitución. Digo yo que será tan constitucional defender a España como defender cualquier otra cosa que la Constitución diga que hay que defender.
España, sin embargo, no puede ser interpretada como algo que nos restringe. En España no caben ya las amenazas de quienes alientan el mito, sean gaditanos, sean albaceteños, sean catalanes o sean madrileños. Aquellos que alientan el mito de ser únicos y de ser distintos en el seno de una Humanidad, que por cierto, cada vez es menos única y menos distinta, que cada vez es más mestiza, más plural.
Las diferencias genéticas entre los españoles, y entre los seres humanos en general, son muy pequeñas. Las diferencias que hay entre un militar y un civil, entre un cura y un seglar, entre un andalucista y un socialista, e incluso un popular, pues aunque a veces nos esmeremos en exagerarlas… saben cuánto representan esas diferencias, pues apenas el 0,2 por ciento de toda la carga del genoma. Lo que nos diferencia a los seres humanos es muy poco. No hay estados que sean racial ni culturalmente puros, eso es un mito.
Y por eso los liberales de las Cortes de La Isla convirtieron una revolución contra el francés en un conjunto de principios de los que hoy podemos sentirnos orgullosos, como podemos estarlo de nuestra nación.
A mí, cuando algún ciudadano quiere ponerme en el aprieto para poner como titular si me siento o no patriota, ¡yo no tengo duda! yo soy patriota porque tengo patria, no soy apátrida. Y además, me gusta defenderla como dice la Constitución, sin complejos y sin pesimismo.
España es una nación muy importante, y muy compleja, y ello puede en algunos momentos hacer que se desconozcan sus singularidades culturales; y es verdad que frente a ese fenómeno se opusieron resistencias lógicas identitarias que proponen a los ciudadanos, a veces de manera exagerada, proyectos de futuro que sólo tienen que ver con el territorio, poniendo por delante los derechos de los territorios sobre los derechos de los ciudadanos.
Yo invoco aquí a Cádiz, invoco a San Fernando, revivo aquella tarde de hace 199 años, para decirles que por encima de los derechos de las personas no pueden estar los derechos de los territorios, porque en los territorios lo que debe haber son personas libres e iguales y algunos son tan contrarios a la igualdad de las personas, como en este caso a la patria de España que garantiza esa igualdad.
Por eso, defender la igualdad de los seres humanos y de los españoles, conectar con Cádiz y con San Fernando es muy importante, es muy hermoso y además nos permite defender y cumplir el mandato del artículo 30 de la Constitución, aquél que dice que todos tenemos el derecho y el deber -que yo he cumplido gustosamente esta tarde- de defender a España; una España moderna en la que cabemos todos, en la que no sobra nadie y en la que podemos reconocernos como distintos, porque en el fondo somos distintos pero sabiéndonos iguales. Desde esa igualdad agradezco la invitación y singularmente la atención que todos ustedes me han prestado.